y nada llevara sonido alguno,
y nadie llevara sonido alguno,
y yo me quedara rodeado por paisajes en silencio,
y nada me interrumpiera,
y nadie me interrumpiera,
y pudiera decir que he oído el silenciar del silencio,
tal vez, entonces, podría creer en todo lo que
escribo,
y podría creer que el mar lo arrasa todo y cura,
y que la lluvia trae fertilidad,
y que los niños son flor de esperanza,
y que los corazones laten por el amor y no por la
sangre.
Y todo, sin duda, sería más liviano.
Sopla el aire leve.
Los desperfectos,
Martín Lucía, Ediciones En Huida 2010.
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